En realidad, emprendí por miedo.

Entré a quirófano sobre las cuatro y pico de la tarde.

Sobre las nueve, salí.

Naturalmente, no me acuerdo de nada. Iba chutado hasta las trancas.

Lo normal cuándo te trasplantan de riñón, digo yo.

Al recuperarme, que me recuperé en solo seis días porque soy fuerte, salvaje e indomable, me dije que a partir de ese momento todo iba a depender de mí.

Que mi vida no volvería a depender jamás de una nómina, de un contrato o de la voluntad de un tercero de confianza.

Que nadie más decidiría mi destino.

Que lo que pasara a partir de entonces sería 100% mi responsabilidad. Lo bueno y lo malo.

100% mía.

De eso hace ocho años y medio.

Y el resto es historia.

Durante mucho tiempo pensé que esa experiencia fue el motivo que me movió a emprender.

Y en parte es cierto.

Sin embargo, tras rascar, escudriñar, examinar y analizar en lo más profundo, ya no estoy totalmente de acuerdo con eso.

Y te lo quiero contar.

Es algo muy personal, que no he contado antes.

En realidad, emprendí por miedo.

Luego esto cambió, pero al principio, durante bastante tiempo, lo que más que movió fue el miedo y la inseguridad económica.

Mira, vengo de una familia normal. Quiero decir, mis padres nunca fueron ricos.

No me faltó de nada, pero ricos, no eran.

Siempre fueron comerciantes, de esos con tienda a pie de calle.

No eran entrepreneurs, ni freelancers ni CEOs de nada. Eran autónomos de toda la vida.

Lo mismo de ahí me vino el gen, vete tú a saber.

Bueno, la cuestión es que mi padre murió hace ya bastantes años. 

El 13 de abril hizo 27 años.

Luego de trabajar toda la vida, vas y te mueres con 46.

En ese momento yo tenía 13. Y ahora que tengo 40, lo veo más antinatural si cabe.

Al cabo de unos años, y por circunstancias de la vida que ahora no vienen al caso, mi madre no iba muy sobrada de pasta que digamos.

Y me tocó arremangarme a partir de los 16.

Pensándolo bien, estoy bastante seguro de que todo eso me hizo generar un miedo, que es lo que fundamentalmente me movió a emprender.

El miedo de pensar que puedes quedarte sin nadie detrás. Nadie que pueda ayudarte en esas situaciones difíciles en los que realmente lo necesitas.

Y cuándo vives en situaciones difíciles, el dinero es importante.

Por eso, quería tener una buena situación económica.

Para poder elegir. 

Para no tener depender jamás de nadie. Ni de personas, ni de instituciones, ni de gobiernos (naturalmente, nada creo en que ningún estado vaya a salvarnos).

Para poder ser libre, tenía que generar esa seguridad económica.

Finalmente, ese miedo intrínseco, sumado al chute vital del trasplante, generó en mí un torbellino de energía tan extremo que me llevó hasta el día de hoy.

Y, siendo sincero, cuándo ese miedo ya no tuvo ninguna base, noté que me faltaba algo. 

Que me faltaba energía. Fuerza para avanzar.

Al principio, no lo entendía. No entendía como podía faltarme la determinación que siempre tuve arraigada dentro de mí.

Sin embargo, la respuesta era sencilla: 

Lo que me movió a emprender había desaparecido.

PD: Ahora ando tratando de buscar nuevos objetivos que me continúen moviendo.

Algo que muy, muy poca gente sabe es que hoy le dedico un par de horas al negocio (al negocio por el que me conoces, digo), y el resto del día trato de hacer cosas nuevas, aprender cosas nuevas, exponerme a incomodidades nuevas, para alinearme de nuevo con mi propósito.

Ojo, no te digo esto para que pienses “mira este cabrón, que es millonario trabajando dos horas y el resto se toca los cojones”. Nada de eso.

Te lo cuento para que sepas que, si en algún momento notas que te falta lo que siempre tuviste, puedas parar, mirar adentro y volver al camino.

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